Vejez y sabiduría (Mary Torres Cantero)

Publicado el 6 October 2011
Archivado en Violeta HerGon | Salir del comentario

Temo a la tristeza que se dibuja en tu rostro. Temo a la ausencia que nubla tu mente. Ésta vuelve a trucar tus pensamientos y yo presiento tu miedo. Miedo al olvido, tu peor enemigo. Descubres tu ralo cabello blanco, quitándote la boina negra que protege a tu calva solitaria del frío invierno. Con este sencillo gesto quizás pretendes refrescar tus últimos recuerdos; esos que últimamente huyen sin sentido ni consentimiento, robándote el conocimiento de ti mismo. Apagas tu pipa pero no la despegas de tus labios, prolongando así el sabor adicto y amargo del tabaco. Percibes mi preocupación y me regalas una de tus sonrisas, de esas que acentúan aún más las arrugas que surcan tu rostro pero, que no pugnan la belleza de tu juventud. Para mí sigues siendo bello, mi querido abuelo. Entonces me pregunto si ya rescataste todos aquellos recuerdos que albergan el baúl de tu memoria y que hace unos instantes volaron sin contemplar tus lamentos. La mejor manera de saberlo es indagar en tu pasado más cercano; pero contestas presuroso evadiendo mis preguntas. Se hace un absoluto silencio, y después de un breve momento lo interrumpe tu ronca voz que te acusa de viejo y por primera vez desde que te conozco no me escondes tus sentimientos y me permites ser cómplice de ellos. Intento engañar a tus preocupaciones, tú siempre lo haces conmigo, invitándote a dar un paseo por los alrededores de la residencia que se ha convertido en tu hogar, en tu cuidado, en tu cobijo. Sé que anhelas el paso del tiempo, tus historias y anécdotas, a veces repetidas, son testigos de ello. Pero para ti es un orgullo revivirlas y para mí que las compartas conmigo. Sustraes del aire un profundo suspiro de calma y a continuación me cuentas que has desayunado, en que talleres has estado, con que compañeros (miembros de tu nueva familia) y los dos sabemos que una vez más venciste la batalla del olvido. Yo estoy contenta, pero tú no estás satisfecho y con tu voz ronca te vuelves a acusar de viejo. Esta vez te corrijo – querrá decir sabio, abuelo-. Tú sonríes y yo recito lo que un día aprendí contigo:

“Sabio. Sabio por ser viejo, porque la vejez es una virtud al ser un inmenso cultivo de experiencias y conocimientos desprendidos de ellas. Y un honor, honor para quien llega y para quien escucha y aprende todo lo que enseña”.

Imagen de Yánez

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