Ella y Él (Sergio Bonomo)

Publicado el 6 October 2011
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Amantes de Nicoletta Tomas Caravia

Vos y Yo y esa manera tan nuestra, única, de entender ese deseo de ser inmortales a través del suicidio.
Y no —por supuesto— como una búsqueda solemne y existencialista: cuestión filosófica y fatal de probar mediante la muerte que uno ha sido, sino más bien como una prolongación del juego amoroso más allá de lo posible.
Vos y Yo.
No era que no quisiese largarme, pero vos te reías tanto y no sé… porque —después de todo— tirarnos por el desfiladero con el Siam di Tella de trompa resultaba una buena idea. ¿Pero si alguno de los dos quedaba vivo, qué? Nunca se sabía en estos casos. Y además, ¿qué hacer luego con una pierna rota o un brazo fracturado cuándo ya lo otro no importa, cuando el otro ya no está?
Vos y Yo.
¿Las hornallas de la cocina? No, era estúpido. Sin contar que podía volar el edificio entero —una chispa, una luz que se enciende en algún lado— y convertiríamos en víctimas del juego a pobres inocentes que nada tenían que ver con nuestro asunto. Aunque pensándolo mejor no hubiese estado mal: las perillas abiertas e ir durmiéndose poco a poco. Entrar en el sueño último tomados de la mano, aspirando el aire enrarecido hasta perdernos en un dulce sopor.
Vos y Yo.
Fuiste vos quién se negó a que nos cortáramos las venas dentro de la bañera de loza. Dijiste que para eso se necesitaba de cierta ordinaria brutalidad de la cual carecías, y que en el juego que planeábamos sería absurdo una intromisión tan contundente de un objeto externo dentro de la propia carne.
Por el mismo motivo descartamos de plano un disparo de pistola, y porque teníamos una solo arma, y pese a que no desconfiábamos el uno del otro, el acto sublime debía suceder al mismo tiempo para los dos.
Vos y Yo.
En cambio fui yo quien objetó lo del veneno, ya que me parecía un procedimiento que se ligaba demasiado a lo literario. Aunque cualquier método rondaría por ese territorio.
Y si saltar desde la terraza se nos antojó a ambos de una terrible vulgaridad, no fue sin embargo por el pudor de exhibir en la vereda un siniestro muestrario de sangre derramada y de pedazos de sesos y de miembros mutilados, sino porque aquello presuponía un espectáculo público de una situación que debía ser pura y de índole privada.
Vos y yo.
No es casual que ahora estemos pensando la misma cosa. Después de todo, esas pastillas dormitaron en el botiquín todo este tiempo. Mezclarlas en una medida de Jhonny Walker o Caballito Blanco. ¡Perfecto!
Sí, ya sé que no sos muy amante del alcohol, que lo considerás un elemento innoble, un lazarillo para despertar la gallardía en los cobardes. Pero igual sería bueno darnos un último goce, ¿no te parece?
Así, desnudos como ahora, Jhonny Walker con hielo, tu piel, mi piel, los dos, entregados al vértigo que crece, rozar tu mano y sentir que tu mano me roza, como reconocerse uno en cada uno y desmembrarse.
Ahora que tus dedos resbalan por mi cuello, y tus pechos huelen a flores y frutas de verano, sería mejor seguir así, así, en lo que estamos, y dejar una vez más —y como tantas otras veces—, lo del suicidio para otro momento.

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